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Mis mejores deseos al mecate.

El roce del mecate con mi cuello, genera tal fricción que mi piel olvida lo que ocurre afuera de mi cuerpo. No le importa.

Vivir todos los días a segundos de morir ahorcado ha vuelto a mis demonios pasionales, intranquilos, saben más que nadie que a segundos de colapsar, no pasará nada.

Vivir con la sensación de asfixia solo me hace recordar lo frágil que me vuelven las circunstancias, lo frágil que se torna mi alma y con ella mis pensamientos. 

Qué divino sería dejar todo a un lado.

¿Qué pasa cuando un casi suicidio se vuelve parte de la rutina? ¿Cuándo estar al borde de la muerte cerebral se vuelve objeto de celebración propia?

No puedo decir que me estoy volviendo loco, porque ya lo estoy simplemente ahora estoy haciendo muestra pública de aquello. Se siente volver a casa, aunque casa no se siente muy bien que digamos.

Me encuentro al desnudo, en sobras de a penas restos de flacuchas ideas: anímicas, deshuesadas, moribundas que dan color a la test de mi mente. Mi mente desea la transformación de algún animal rastrero, pero mi cuerpo lo evita.

Aún no quiero olvidar mi condición de humano.

Además, ¿cómo un reptil pudiera vivir con una soga al cuello?

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